Mucho antes de que existiera el WhatsApp o el Telegram, por las noches, antes de dormir y durante el tiempo que duró el cortejo, Inma solía enviarle a Llibert un mensajito al móvil: un simple SMS. -¿Qué haces, guapo? La pregunta le parecía a Llibert curiosa – y, en ocasiones, extrañamente incómoda – , pues no estaba acostumbrado a dar información sobre su cotidianidad y, mucho menos, a recibir mensajitos de una hermosa y entusiasmada chica a la medianoche. Ciertamente, la neblina aumenta con el frío y la humedad de la noche. Pese a la sorpresiva pregunta, Llibert no se petrificaba. Su hipotálamo era el que se despertaba y deleitaba con aquellas palabras y, entonces, se activaba un misterioso deseo cuando pensaba en ella (sí, un apetito por saberle: ¡descubrirle mediante el juego!). Llibert no se resistía ante esa suculenta sensación que le revoloteaba – aleteaba – . Lo extraño era que, al responder el mensaje, él no reaccionaba con un ímpetu neardentálico. Por el co...